El OpenCourseWare (OCW) parte de una idea muy sencilla impulsada por Charles Vest, Presidente del MIT a principios de la presente década. Vest invitó a los profesores de su prestigiosa universidad a que pusieran sus materiales docentes (programas, bibliografía, sistemas de evaluación y todo tipo de recursos docentes) en Internet para que los alumnos y profesores de todo el mundo pudieran acceder de forma libre y gratuita.
Esta iniciativa del MIT estaba llamada a ser una idea fuerza con un hondo calado. En aquellos años –finales de los noventa y principios del milenio- predominaban proyectos para comercializar la formación online de pago impulsados por consorcios de universidades o bien planes en solitario. También se desarrollaron múltiples variantes de campus virtuales cerrados en cada universidad. En este contexto la iniciativa del MIT no fue del todo comprendida. Pero la buena noticia es que la semilla que plantó Vest empezó a geminar.
Durante aquellos primeros años la comercialización de la formación online universitaria no dio los resultados esperados. Consorcios formados por prestigiosas universidades e instituciones en todo el mundo (especialmente en el adelantado ámbito de la sociedad de la información anglosajona) fracasaron (en algún caso bastante estrepitosamente). A la escasa madurez de los usuarios, se agregaba que el pago chocaba con la creciente y mayoritaria gratuidad de los recursos y servicios predominantes en Internet. Aquí el joven árbol se secó sin posibilidad de reanimación.
Los campos virtuales y los contenidos cerrados
Por otra parte, los campos virtuales reproducían la enseñanza convencional aportando las ventajas de las nuevas tecnologías. Su implantación fue rápida y extensa en prácticamente la totalidad de las universidades. Sin embargo, su estructura y diseño no permitía aprovechar todo el potencial que se derivaba de las nuevas herramientas tecnológicas y muy especialmente de Internet.
Los campos virtuales convencionales suelen ser plataformas cerradas, con un acceso restringido, limitado a los profesores de cada asignatura y sus respectivos alumnos. El desarrollo de un software específico les confiere unas estructuras escasamente permeables y flexibles a los rápidos cambios, innovaciones y nuevos recursos que se van generando en Internet. Por ejemplo, la mayoría de estos campus virtuales no estarían muy conciliados con los principios predominantes en la filosofía de la web 2.0.
Pero con todo, una de sus características más negativas, a mi juicio, es su carácter cerrado. Esta configuración ayudaba muy poco a la deseable transparencia de la docencia, y por tanto a su calidad. Así como en la actividad investigadores los profesores se ven sometidos a la evaluación y la difusión de sus resultados, la docencia quedaba resguardada en los “muros virtuales” del usuario y contraseña de cada campus virtual. El programa, la bibliografía, los materiales docentes quedaban relegados a la intimidad del aula convencional y resguardados de miradas ajenas.
Los campos virtuales no comparten una de las máximas de la gestión del conocimiento: “el conocimiento que se comparte crece y mejora…”
Hoy en día los campus virtuales todavía prestan buenos servicios a profesores y alumnos en nuestras universidades. Sin embargo, en mi opinión los docentes no debemos quedarnos parados al inicio del camino. Hay mucho más recorrido. Los campus virtuales, de perpetuarse en las actuales versiones, correrían el riesgo de que acaben amparando “viejos hábitos resguardados con modernas tecnologías”. Incluso pueden llegar a preservar la autarquía y la endogamia docente convencional.
EL OCW y los contenidos abiertos
El OCW no posee ninguna sofisticada herramienta. Cada profesor puede encontrarlas de forma creciente y gratuita en Internet y los alumnos también. Lo importante en OCW es que los contenidos son abiertos, accesibles a todo el mundo.
Ya de por sí que una institución del prestigio del MIT, y cuya matricula es de un coste elevado para los alumnos que estudian en ella, ponga a disposición de países con escasos medios y recursos docentes, estos matesriles es muy encomiable y, en mi opinión, un ejemplo a seguir.
Pero el MIT quizás fue consciente de que su generosidad le reportaba también beneficios a la propia institución.
La calidad, la transparencia de su actividad quedaba sujeta a una “auditoría pública mundial”. Cualquier profesor o alumno de cualquier universidad, de cualquier país podía acceder a estos materiales, y no solo utilizarlos sino evaluarlos, enjuiciarlos, etc. Obviamente una institución universitaria que está en disposición de tomar tal iniciativa tiene que estar segura de la calidad de sus materiales, del reto en favor de mejorar continuamente esa calidad, y de la buena imagen que le puede reportar ambas. El MIT y su Presidente adoptaron una decisión inteligente.
El OCW y el consorcio mundial
Hoy gracias a Universia y un conjunto de prestigiosas universidades de muchos países la iniciativa del MIT es una revolución en marcha. Es una filosofía compartida producto y respuesta idónea a lo que Internet facilita.
En mi opinión esta iniciativa necesita seguir desarrollándose a través de dos vías:
1. Una seguir fomentando que profesores y universidades continuen sumando sus recursos docentes. En este sentido los premios OCW y la labor de Universia es fundamental.
2. Un segundo paso es el desarrollo de nuevas herramientas que permitan la colaboración y contacto de profesores a alumnos que utilizan estos materiales. La web 2.0 dispone de herramientas muy potentes que han constituido casos de buenas practicas en los trabajos colaborativos.
En todo caso, el OCW es una revolución silenciosa que, sin pretenderlo, se ha puesto en marcha para incrementar la calidad de los recursos docentes, ni más, ni menos.
Temas relacionados con la calidad de la enseñanza y el OCW:
- Open Courseware (OCW) Consortium
- Mi modesto homenaje al Professor Gilbert Strang
- Economía de la Globalización (mi asignatura en el OCW)
- Docencia e Internet
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